Tutorial: Pulseras de Pasta

Otra tarea que no nos queríamos saltar antes de marchar de nuestro antiguo hogar era hacer la última visita al cole, para que Gonzalo se pudiera despedir de su profe “Lucila” (Lucía), Ana y todos las amistades que había cosechado en los tres meses de experiencia.

Aun recuerdo las primeras semanas. Rodrigo se adelantó, y su llegada fue justo el domingo anterior al supuesto primer día de cole. En esta familia solo se hacen planes para romperlos. Así que la primera semana nos la saltamos a la torera.

El primer real día fue un éxito. Gonzalo se despidió con un “ciao, ciao mummy” muy convincente, mientras observaba interesado a Oliva, la pequeña mascota de la clase. No hubo lloros, gritos ni tragedias griegas; y aunque el que me cambiara tan fácilmente por unas, adorables pero desconocidos, personas y un hámster, no era lo que mi corazón de madre pensó que ocurriría, me fui feliz dejándolo tan contento y seguro. No imaginaba que el primer día no era indicativo de nada. Me advirtieron que a partir del segundo o tercer día es cuando el niño se da cuenta de que tú te vas y él se queda allí; hay veces que no, pero hay veces que sí. Lo que viene siendo, en dos o tres días puede dar comienzo el show.

Y es que tampoco imaginaba lo duro que era esa fase de la vida de una madre. Dejando a parte las enfermedades, caídas y otros incidentes, y desde el punto de vista una inexperta maternidad de sólo dos años, es de los momentos más terribles que pasé con Gonzalo. Llantos, “mummy, a casita”, mirada de sumo abandono, más lágrimas ¡y te dicen que lo tienes que dejar así! ¡pero si no quiero! nunca lo entendí. Yo también quería llorar. Hice una de las mías y me retiré del momento “llevar a Gonzalo al cole”; Pablo fue el encargado de llevarlo antes de marchar al trabajo. Menos lloros, menos gritos y, poco a poco, conseguimos un “¡bien! ¡al cole!”. Sí, era cierto, me prometieron que esto ocurriría y ocurrió, lo que hizo que me otorgaran el título de “la mamá lo pasó peor que el niño”, ñoña y todas estas cosas que hacen preguntarte alguna vez si podré con esto.

El tutorial desastroso que tenemos preparado es ideal para los pequeños.

1. Separamos los aros blancos de los de colores. Esto si compráis una bolsa de pasta blanca os lo saltáis.  También es mejor elegir una pasta tipo macarrón, más planita, para que quede mejor como cuenta; pero Gonzalo eligió estos y no iba a ser yo la que lo cambiara.

2. Mojar; primero en pintura, después en purpurina.

3. Dejar secar.

4. Para decorarlos, perforamos con mini-troqueles un papel rosa purpurinoso. Cortar y pegar.

5. Como pulsera utilizamos limpiapipas.

¡Listo!

Nos encantaría ver vuestros resultados pigsandroses@gmail.com, y si no soy la única mamá ñoña y llorona ¡también!

Feliz jueves.

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